feedback

olvidé contraseña

 
Atlético
Atlético >Atlético   lo último de Atlético  

Historia de una piedra

laagonia

por la agonía

ha publicado 122 artículos, 120 sobre Atlético

 

Miércoles, 8 de febrero de 2012 - 11:45

Filomena no es una piedra como las demás. Ella salió de la cantera, que es de donde salen las piedras que no son extraídas a golpe de talonario y comisión. Fue destetada de su madre, una veta de muy buena familia, a base de barreno y pronto empezó a prepararse en academias privadas a donde acuden las piedras para pulirse. No sembró en su camino grandes amistades, “es fría y dura”, decían sus compañeras de clase. “Tiene una personalidad llena de aristas”, opinaba la jefa de estudios del centro, una roca basáltica con mucho mundo. Ella, desde muy joven se había fijado una meta, un objetivo claro: ser una piedra famosa. Ser parte de algo importante. Ser como esos antepasados de los que sus mayores contaban historias en las noches calurosas de verano, esos tatarabuelos que formaron parte de una pirámide o de un acueducto romano. Ser especial y recordada.


Un día, hace ya algunos años, Filomena hojeaba el periódico, que no en vano las piedras no tienen tantos problemas con el papel como con las tijeras a pesar de lo que se diga, cuando vio una noticia que la dejó impactada. Iban a comenzar las obras de un nuevo estadio para el Atlético de Madrid. Sería un estadio de muchas estrellas, de techos retráctiles y pistas de atletismo de quita y pon, el sueño de cualquier piedra. Filomena se esforzó mucho más en su preparación, aspiraba a ser elegida como primera piedra de la construcción del nuevo coliseo rojiblanco. Decía que no a las invitaciones de su prima, la que opositó para piedra pómez, cuando le proponía en un alarde de deformación profesional que si le apetecía catar unos callos. Prácticamente no salía de su habitación. Estudiaba protocolo y buenas maneras, hacía ejercicio diariamente y se ponía cremas correctoras si tras una mala noche aparecía un granito en 

su cutis d

e granito, valga la redundancia. Todo lo hacía para ser la mejor de las piedras que pudiera postularse para el puesto. Solo se permitía mínimas treguas en su exigente entrenamiento para visualizar cómo sería la ceremonia en la que ella sería protagonista. Se veía a sí misma protegida por una urna forrada en celofán, notaba el cariño con el que era depositada, sentía los aplausos de la concurrencia, se emocionaba pensando en cómo la banda de música se lanzaría a interpretar Suspiros de España o el Gato Montés, esos pasodobles que ablandan cualquier corazón por muy pétreo que sea, como decía su madre geológica, imaginaba el corte de la cinta por parte de esos dos señores tan amables: el del pelo sospechosamente tupido y el de la nariz curva. Soñaba, en fin. Y vivía sólo pensando en hacer realidad ese sueño.




Han pasado los años. Filomena ya no es una piedra joven. El paso del tiempo se nota en su superficie mucho más redondeada y en una expresión nostálgica que esconde sueños sin realizar. La erosión ha mellado sus bordes y sus ilusiones a partes iguales. Aún así, hace unos meses escuchó con emoción la reactivación del proyecto de la Peineta. Retomó su espartana preparación engañándose a sí misma al pensar que todavía estaba a tiempo de ser elegida como primera piedra titular por delante de todas esas piedras jovencitas que todavía conservan las esquirlas de la mocedad. No hizo caso de los agoreros presagios de sus amigos los cantos rodados que trabajan a la orilla del río: “Yo creo que no se van a mover de aquí Filomena. Van a seguir al lado del Manzanares por muy soterrado que esté”. Ella seguía haciendo oídos sordos. A ella no podía pasarle. A ella no. Ella había dedicado toda su vida a prepararse para tan magno momento. Ella había depositado sus esperanzas en las diferentes fechas de construcción y mudanza. Ella seguía creyendo en excavadoras que trabajan a toda máquina para dejar bien liso el terreno donde ella descansaría para la posteridad.


La semana pasada, una justa sentencia arruinó las pocas esperanzas que atesoraba Filomena. Esa misma noche, Filomena se fragmentó en su cuarto. Todas sus ilusiones se convirtieron en areniscas y su alma se quedó prendida de un mínimo guijarro. Ustedes y yo, que no queremos movernos de nuestro estadio actual y que nunca nos hemos fiado de oscuros planes ni de sospechosas maquetas, nos lo esperábamos y reaccionamos con alborozo ante la noticia. Aún así, debemos reparar en la decepción de otros como Filomena que, incomprensiblemente, han depositado su confianza en quien no la merece. Probablemente, como a esa piedra a la que ya casi hemos cogido cariño, les falte información o les sobre credulidad. Reconozco que casi les miro con compasión. Más tarde o más temprano, todos sufrimos reveses de este tipo y nos acabamos dando cuenta de con quién nos estamos jugando los cuartos. A todos nos ha ocurrido. Y aquellos que digan que nunca les ha pasado, que tiren la primera piedra. 

   no hay comentarios

anónimo

400 caracteres restantes | cancelar