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por la agonía
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Viernes, 17 de febrero de 2012 - 10:20
Sepan ustedes que para el artículo de hoy, uno tenía preparada una amarga diatriba sobre el enésimo ridículo realizado por nuestros indebidos mandatarios en la previa del partido. No solo se supera el listón del chusquerío en cada comparecencia o acto público, además se pretende tapar la miseria con más chistes de mal gusto, con más chanza mediocre del gracioso de la clase. Nada que ustedes no sepan. Pero un partido como el de ayer no merece una historia con medianías como protagonistas. Nunca. Centrémonos en lo realmente importante, en una actuación que nos ha llenado de orgullo. En un partido de los que dejan sonrisas dibujadas en la cara más tiempo del acostumbrado. Hablemos solo de ello. No puede ser de otra manera, no es justo maltratar un encuentro así colgándole ese sambenito…¡uy!, perdón, SamBenedicto.
Roma, capital del Imperio. Año MMXXII d.c.
Roma, punto central del mundo antiguo. Cuna de un imperio que ocupaba casi todo el orbe conocido. Ciudad eterna. Villa donde se viste muy bien y se conduce malamente. Hasta allí se desplazaron los habitantes de una aldea tirando a ciudad, no de galos sino de íberos vestidos de rojo y de blanco, que se defienden ahora y, desgraciadamente no siempre, del invasor ayudándose de la poción mágica que un druida de corbata estrecha venido de más allá de Finisterre les administra por vía oral desde su llegada. Esta poción, como no podía ser de otra manera, les hace invencibles. Muchos se preguntan por la receta del brebaje que ha oficiado el impar cambio en los guerreros colchoneros, uno se aventura a pensar que la poción no consta más que de tres partes de ideas claras y una parte de confianza, así, sin más aderezos. Sin discursos de calzada romana estrecha ni sin las alharacas que normalmente adornan los discursos de los que no tienen la capacidad de hacer lo difícil sencillo. Nada más…y nada menos, claro.

Nuestros valientes íberos se presentaron en el circo romano a las siete de la tarde. Llegaron puntuales, cosa rara en el mundo antiguo. Normalmente, las escaramuzas se atrasaban o adelantaban como consecuencia de los problemas de interpretación de los relojes de sol o de arena. Imagínense qué tiempos: sin poder hacer una llamada perdida para que el otro ejército se prepare para el asedio, sin poder mandar un whatsapp para que los de la catapulta sincronicen sus lanzamientos de piedra rellena de plomo fundido, lo que les digo, un disparate. Aún así, los íberos se plantaron, gladium en mano, delante de la legión romana que les esperaba para batirse en lid de octavos de final. Empezaron las hostilidades con los habitantes de la aldea venida a más bien plantados para la batalla. Desnivelando desde los primeros compases la balanza a su favor. Llegando, combinando, mandando. Aún así, los romanos, gente organizada y reservona que tantas batallas ganaron a pesar de hacerlo de manera fea, pegaron primero. De casi churro y con esa suerte proverbial que tienen los del imperio en estos lances, pero cobraron ventaja. Al ver la dentellada, algunos pensaron que nuestros amigos quedarían contritos, ya que, desde que el druida llegó en buena hora a sus vidas, nunca recibieron golpe ninguno ni sufrieron baja. Salieron el druida y su segundo, aquel al que llaman el Mono, del chamizo situado en una de las siete colinas desde el que los observadores siguen las contiendas para pedir calma y animar a la tropa y casi se pierden en el camino de vuelta al banquillo de lo grande y espaciosa que era el área técnica.
Lejos de arrugarse, nuestros valientes se fueron a por el contrario. Le plantaron cara de manera desenvuelta. Cogieron el partido por los cuernos y, casi sin darnos cuenta, nivelaron la contienda. No se quedaron ahí, no. Continuaron con su asedio, más acusado en estos minutos y consiguieron una ventaja que no fue mayor por la llegada del descanso ¿Cómo? ¿Les extraña que en este tipo de batallas haya descanso? Pues claro, ¿qué pensaban? ¿Que el asedio de Numancia se hizo de un tirón? Nada de eso, el sindicato del legionario y la patronal de cohortes son muy estrictos en el cumplimiento de las paradas obligatorias en la lucha. De hecho, es una práctica muy generalizada el hermanamiento de los ejércitos en torno a una buena mesa en la que se degustan las viandas autóctonas. En el caso que nos ocupa, varios centuriones invitaron graciosamente a pizza, a macarrones de esos gordos en los que puede esconderse una berenjena y a esas bolas de arroz rebozado (a la romana, por supuesto) tan típicas de la zona que provocan singular estreñimiento en el turista o visitante.

Empezó la segunda parte del choque con los romanos más adelantados, un adelanto basado en empuje solo, no en talentos. Sus baldíos intentos morían ante la organización de nuestros gladiadores. Éstos paraban ataques y contraatacaban con fiereza. Fruto de uno de esos contraataques, las huestes rojiblancas hirieron de muerte al adversario dejando el partido sentenciado. Pudo ser más grande el castigo, pudo cebarse más un grupo de soldados al que da gusto ver desplegarse por el campo de batalla. Si no lo hicieron, fue porque tampoco queda elegante abusar de una escuadra que se bate en retirada consciente de su inferioridad. Ni la tan celebrada táctica de la tortuga hubiera valido ayer a los impotentes soldados imperiales.
No me gustaría dejarles tras contar este episodio que merecerá capítulos en los libros de historia de futuras reformas educativas sin destacar a esos humildes guerreros de una aldea de cuatro millones de habitantes, pero me parecería injusto hablar de unos y de otros no ¿Con quién nos quedaríamos? ¿Con unos centrales imperiales? ¿Con un lateral derecho que de pastor ha pasado a soldado de élite? ¿Con un mediocentro con brazalete de capitán que parece haber caído de pequeño en la marmita de una poción que le permite no parar de presionar? ¿Con un casi adolescente centrocampista que cada día mejora sus prestaciones y trae bajo el brazo promesas de muchos años de victorias? ¿Con un organizador genial que habla lusitano al que dan ganas de nacionalizarle como íbero de toda la vida? ¿Con un delantero de sangre celta que conoce como nadie los espacios y la generosidad en la batalla? ¿Con un gladiador caribeño con el que tendrán pesadillas varias generaciones de niños del imperio? Insisto, sería injusto por mi parte destacar a cualquiera por encima de otro. Lo que parecía una banda desharrapada se ha convertido en una máquina de guerra que esperemos sea recordada. Esperemos que las victorias no terminen, pero la crónica de sus hazañas debe hacerlo. Para terminar, una imagen: la del druida. Solo esboza una sonrisa contenida a pesar de haber puesto Roma a sus pies. Si pudiéramos le preguntaríamos por la detallada fórmula de su poción, pero él calla más que habla. Como debe ser.
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2 comentarios
Victoria de las que hacen equipo y de las que traen más victorias. La confianza de un resultado así en Roma debe servir para apuntalar al equipo. Para mí, siguen sin ser favoritos a la Europa League, pero la mejoría es indudable :-)
Miedito me empieza a dar este Atlético, la verdad es que se le nota sólido como no había estado en mucho tiempo. Sin duda el Barça será una muy buena piedra de toque para saber realmente de qué potencial estamos hablando. Por el bien del fútbol en España ojalá se convierta en otro de los equipos que aspiran a títulos.