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Por ahí va...

laagonia

por la agonía

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Lunes, 20 de febrero de 2012 - 12:13

Si le vieran salir de casa, ustedes dirían que parece un dandy de esos que ya es tan difícil de ver como una cigüeña en la ciudad. Si no fuera porque vive en una capital de provincias, podríamos pensar que estamos ante un lord inglés. Le queda como un guante la chaqueta entallada con esos cuadritos minúsculos. Nada en su aspecto parece dejado a la improvisación: el pico del pañuelo asomando en el balcón del bolsillo, el paraguas de mango lacado sobre el que apoya su noble anatomía, el bigotillo entrecano perfectamente cincelado. Su porte causa admiración cuando pasea por delante de la Diputación. Saluda a las damas y se lleva la mano a la cabeza echando de menos un bombín que completara su aspecto. "Por ahí va Don Lisardo", dicen sus vecinos con devoción cuando le ven pasar camino de algún recado.


Si ustedes se acercan a él mucho, a una distancia desaconsejada por el decoro y las buenas maneras, advertirán que la chaqueta de Don Lisardo se muestra rozada en codos, mangas y cuello. Detectarán que la punta de ese pañuelo que se muestra cerca del corazón es la única parte que no está raída. Si rompiera a llover, no podría abrir el paraguas para cobijarse porque hace tiempo que sus varillas sufren artritis por el paso de los años. Cuando el viento viene de la Serranía, Don Lisardo sigue caminando compuesto y estirado a pesar de que el frío se le mete en los tuétanos. Él finge que todo va bien, pero le gustaría tener un abrigo de paño nuevo que le calentara el alma. Le gustaría no tener que refugiarse en los soportales cuando hay tormenta y le gustaría poder sacar el pañuelo sin pudor cuando se le escapa una lagrimilla emocionada al recordar tiempos mejores. Aún así, sigue saliendo a la calle rezumando dignidad. "Por ahí va Don Lisardo", se oye de nuevo en la plaza mientras sus paisanos admiran sus andares elegantes.


Cuando llegó Simeone a nuestras vidas, venía con la etiqueta de entrenador defensivo y reservón. Afamados periodistas no demasiado inclinados a decir mamarrachadas le comparaban con Maguregui y, debido a eso, muchos no sabíamos qué porcentaje de su fichaje se debía a sus méritos como entrenador y qué porcentaje a su capacidad para apaciguar las revueltas aguas que dejó Manzano. Pasados ya un número significativo de partidos, podemos casi asegurar que, independientemente de su ascendente sobre la afición, estamos ante un entrenador que nos gusta. Diego Pablo ha sido capaz de devolvernos a un Atleti perdido en memorias que cada día fallan más. Nos ha devuelto el compromiso, el sacrificio, la identificación con un escudo maltratado con ligereza y se ha llevado para siempre las caras de sonrojo que nos asaltaban con demasiada frecuencia por ver lo que se veía. Su Atleti nos deja mono, nos deja ansias de ver más. Al que más y al que menos se le hizo largo el corto lapso de tiempo pasado entre el partido de Roma y el de ayer de Gijón. Donde antes había partidos demasiado seguidos ahora hay ganas de que el equipo juegue hasta el maratón de futbito organizado para celebrar las fiestas de la patrona del pueblo.




Ayer, Simeone se medía en batalla táctica con Clemente, entrenador al que se le comparó con ganas de molestar cuando el Cholo era un melón sin catar. Vaya por delante que a uno Clemente siempre le ha caído simpático. Por no esconderse en lo sencillo, por alimentar a un personaje excesivamente caricaturizado y por encararse con quien osara discutir que sacar a siete centrales en aquella alineación que debió entrar en el libro Guinness de los records no era una apuesta ofensiva. Por buscar diferencias, el aspecto de Simeone y el de Clemente difieren de manera clara: uno apuesta por su look de corbata estrecha y camisa almidonada que tan bien pegaría con una película de esas en las que se hacen negocios al borde de una piscina en la que chapotean alegremente señoritas con flotadores incorporados, otro, afronta su debut con el traje que se pondría para la comunión de su sobrino el vecino del quinto izquierda, ese terno que es un mero complemento del tomavistas que lleva asido en su mano derecha. Fuera de condicionantes estéticos, si la apuesta de ambos se basa en sacar el máximo rendimiento a sus plantillas, bienvenidos sean los parecidos. Harto anda uno de llevarse a la boca planteamientos y variantes revolucionarias de supuestos entrenadores con gran prosa y mejor prensa.


Desde su llegada, Simeone ha ido tapando con resultados y dignidad las rozaduras de una plantilla que, aunque vendida como mejorada y aumentada a principios de año, posee carencias estructurales de peso. Nunca oirán al Cholo quejarse de que le falta un interior derecho centroeuropeo o un central de barba poblada. Sus declaraciones han ido encaminadas siempre a subir la moral de su tropa y a mostrar su satisfacción por lo que tiene. Su encomiable discreción no debe distraernos de que, desde su llegada, salieron cuatro jugadores y no llegó más que uno, aunque fuera de rebote. La plantilla es corta, sí. Hasta ahora, las lesiones nos han tratado con respeto, pero el cansancio puede empezar a causar mella en los jugadores. Tras el tremendo partido de Roma, uno empieza a temer si la acumulación de partidos será un problema. Jugar jueves y domingo con la misma base será complicado por más que Simeone intente disimular la cortedad y la falta de fútbol del plantel. Quede claro que el partido de ayer debió ganarse por oportunidades. Quede claro que el Sporting no amenazó nuestra portería más que en ese gol con demasiados rebotes. Quede claro que, de haber estado Falcao algo más acertado en el remate, hubiéramos presenciado una victoria cómoda. Todos esos aspectos no son preocupantes a mi humilde entender. Lo, si no preocupante, si digno de tener en cuenta es que no hay alternativas en las zonas creativas. Ayer, después del cambio no demasiado comprensible de un Koke que fue de los mejores, sumado a la lesión de Diego y a la ausencia de Arda, faltó fútbol. El equipo lo intentó a empellones de pundonor capitaneados por Gabi y un Juanfran del que nos gustaría todo si se peinara de otra manera. Poco puede hacer Simeone ante eso, si acaso mirar al filial. Uno se imagina a Simeone mirando al banquillo deprimido cuando las circunstancias aconsejan cambios en la vanguardia. Ayer lo intentó buscando una variante de tres centrales, lo que habla bien de su ambición y de su cintura, pero mal de nuestro fondo de armario. Las casi únicas alternativas son Pizzi y Salvio, protagonistas de una versión actual y revisada del clásico chiste de si preferir susto o muerte. Permítanme un consejo, probemos a Fran Mérida. Tal vez, rodeado de jugadores como Diego, Koke, Arda y Adrián luzca algo más de lo que se ha visto hasta ahora. Puede ser que no sea lo que pensábamos cuando llegó, pero no deberíamos quedarnos con esa sensación de no haberlo probado.


Tres empates, tres. Probablemente inmerecidos y vencidos todos a los puntos. Pero empates al fin y al cabo que no deberían hacer menguar el crédito de la apuesta. Nos sigue dejando este Atleti ganas de ver más partidos. Contaremos los días hasta el próximo partido para ver a este equipo bien compuesto. Simeone ha conseguido dotarlo de una cierta elegancia, de una dignidad que proviene del esfuerzo. Aún así, si nos acercamos mucho a este equipo y rascamos con la uña del meñique, veremos que esconde muchas carencias que nos fueron vendidas como virtudes. A pesar de que el equipo marche erguido y saleroso, su abrigo tiene agujeros por los que se podría escapar el calor de la temporada. Cholo intentará que no se noten y hasta la fecha lo está consiguiendo. "Por ahí va el Atleti de Simeone", se escucha de nuevo en los mentideros balompédicos cuando ven a este equipo digno y comprometido. Por ahí va, a pesar de todo.  

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